La misma madre que se quejaba a gritos en el patio de que a su hija de cinco años le pegaba "una negra" (que también tenía 5 años) denunció al colegio por daños, y ganó.
En su columna del día 26 de abril, Elvira Lindo se pregunta por qué el sistema educativo no asume la tarea urgente de igualar desde la infancia.
Pues porque no es necesario, me encontré pensando. Porque eso es tan fácil de hacer que no es ni tarea. Los niños y las niñas no ven diferencia donde sus padres y madres sí la ven. Y a lo mejor es porque, como escribía Muriel Barbery en La elegancia del erizo, los niños y las niñas huelen bajo la cáscara de las conveniencias la verdadera textura de la que están hechos los seres.
La tarea urgente de verdad (y triste, también) es la de separar a muchos padres y a muchas madres de la escuela, para permitir que ésta sea lo que tiene que ser, y que tan bien explica siempre Daniel Innerarity: un tiempo y un lugar que aleje a los niños y a las niñas de los suyos y que les abra a experiencias de diversidad y contraste.
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