El mismo día en que los resultados de PISA dicen que los chicos y las chicas no comprenden lo que leen fuera de las pantalla de sus móviles, el mismo día en el que Jacob Coxon deja su trabajo en Anthropic porque escucha a sus jefes, en conversaciones privadas, que alguna IA nacida de la automejora recursiva (IAs que entrenan IAs) podría matarnos a todos antes del final de la década (la década acaba dentro de tres años), a las mismas horas a las que en la escuela tendríamos que estar preguntándonos cómo presentar una resistencia cívica a la expansión incontrolada de la superinteligencia que auspician los ingenieros del caos, editoriales vinculadas a la escuela católica les hacen el caldo gordo y me escriben diciendo que la IA está transformando la educación y que ChatGPT, Copilot y Gemini ya forman parte del día a día de muchos docentes, abriendo nuevas posibilidades para enseñar, aprender e innovar. Poco nos pasa.
En la escuela, algunos compañeros y compañeras tienen la preocupación de que los alumnos y las alumnas utilicen la IA para que les haga los deberes. Como lo saben, las editoriales que nos venden los libros nos regalan formación, es su marketing, para que estemos preparados y que no puedan engañarnos con el móvil. Una vez un gurú nos habló a todo el claustro de profesores y profesoras sobre cómo eludir el riesgo. La charla duró tres horas y salimos empoderados: ahora sí que no nos la van a dar con queso, decían los más idiotas. Mientras, los ingenieros del caos van con la IA a lo suyo, transformando el mundo que habitamos los maestros, y que debiéramos enseñar, si no estuviésemos tan ocupados corrigiendo deberes. Las tecnologías del siglo XX y XXI han llevado a que la probabilidad p(algún desastre) supere el 90%, y a que la probabilidad p(catástrofe) sea incalculable , por miedo, más que nada. Está ahí sentado, detrás de un pupitre, en clase, e l que aportará la idea para paliar el...