El último de los relatos de "No se van a ordenar solas las cosas", comienza con un hombre de ochenta años sentado en la cocina de su casa frente a la lavadora estropeada. Por su voz, Nuria Labari nos dice que no se siente capaz de afrontar esta lucha a muerte con lo cotidiano, esta rebelión de los objetos, esta complicación constante de la vida por culpa de la tecnología . ¿Cuándo compramos el relato de que las máquinas creadas por las personas nos iban a librar de nuestra fragilidad de personas, que podríamos todo, que superaríamos, uno detrás de otro, todos los límites, que, tarde o temprano, idearíamos una app para cada situación, que no habría nada que un móvil con conexión a internet no pudiese solucionar? Luego se te estropea la lavadora y no sabes dónde has puesto la garantía. O lo sabes, pero tu cuerpo de ochenta años no está para subir al altillo en el que están esos papeles. Que la tecnología iba a liberarnos de toda fragilidad es una ilusión, solo eso. No reconocer...
Os voy a decir una cosa que no sé si sabéis: los niños, las niñas y los adolescentes que tenéis en clase están siendo vacunados contra la compasión. Sí. Contra la compasión. A veces, quienes los vacunan son personas antivacunas, sus propios padres y madres, he ahí la paradoja. De lo uno y de lo otro se deriva que muchos de vuestros alumnos y alumnas estén más expuestos a las enfermedades. Y al odio. Y ahí te las apañes con ellos, y con ellas, y con sus progenitores, que suelen saber más que tú de casi todo. Mira que lo he dicho veces: los profesores y las profesoras tenéis que ser contadores de historias. Fijaos qué clarito lo dice Jordi Amat : no hay una contranarrativa convincente que desactive el magnetismo de los discursos del odio en estos tiempos de brutalización de la conversación pública .