A la entrada de la plaza de Cuzco, en el Paseo de la Castellana, tengo delante un autobús escolar. Toda la parte trasera está cubierta con publicidad del colegio. Una niña con rizos y una mochila azul, mira al horizonte mientras sujeta la mano de su padre, cuya cara no vemos, solo el brazo firme y la mano amiga. "No va al colegio, va al futuro", reza la publicidad que algún centro privado ha decidido poner en el vehículo. "No voy al trabajo, voy al futuro", me digo. Y lo siento por mí y por todas las que aún creen en la educación. ¿Cómo podría la educación arreglar un problema que ella misma lleva siglos perpetuando? Nuria Labari, El último hombre blanco , Random House, Barcelona, 2022, pag. 197 Nuria Labari habla de la igualdad de género. Y nos coloca delante de algo incómodo: la cosa no es lo que decimos, sino lo que hacemos, cada día, con cada decisión. También con la decisión de apostar por los valores del centro al que llevamos a nuestros hijos sin haber leíd...
Delphine Horvilleur cuenta que un rabino estudiaba el Talmud. Estaba tan inmerso en la lectura que no oía llorar a su bebé. Su padre le preguntó: "¿No oyes a tu hijo llorar?". "No. Estoy estudiando". "Entonces no estás estudiando bien", concluyó. El día que consigamos que las aulas estén climatizadas, aisladas del jaleo de la calle y del patio, cuenten con el material y los recursos básicos y cada alumno disponga de los metros cúbicos que necesita un ser humano para la tarea de aprender, tendremos que volver a meter en ellas la intemperie y el ruido sin los cuales no se está estudiando bien.