Leo a Gonçalo Tavares en el EPS: hace poco tiempo me di cuenta de que soy escritor por algo que ocurrió en 1952, mucho antes de yo nacer. Mi madre era profesora de Matemáticas y pertenecía a una clase media de Aveiro. Mi padre era de una familia bastante pobre, mi abuelo era un policía viudo con tres hijos. A los quince años mi padre fue elegido mejor alumno de Portugal y representó al país en Naciones Unidas en Nueva York. Cuando terminó la cuarta clase, con diez años, mi abuelo quería que trabajase en el campo. Sus profesores fueron a convencerle de que tenía que estudiar. Estoy eternamente agradecido a aquellos profesores insistentes frente a un abuelo muy terco que era policía y estaba armado. Los profesores fueron valientes (...) Es evidente que soy escritor porque en 1952 unos profesores hicieron aquello.
El mismo día en que los resultados de PISA dicen que los chicos y las chicas no comprenden lo que leen fuera de las pantalla de sus móviles, el mismo día en el que Jacob Coxon deja su trabajo en Anthropic porque escucha a sus jefes, en conversaciones privadas, que alguna IA nacida de la automejora recursiva (IAs que entrenan IAs) podría matarnos a todos antes del final de la década (la década acaba dentro de tres años), a las mismas horas a las que en la escuela tendríamos que estar preguntándonos cómo presentar una resistencia cívica a la expansión incontrolada de la superinteligencia que auspician los ingenieros del caos, editoriales vinculadas a la escuela católica les hacen el caldo gordo y me escriben diciendo que la IA está transformando la educación y que ChatGPT, Copilot y Gemini ya forman parte del día a día de muchos docentes, abriendo nuevas posibilidades para enseñar, aprender e innovar. Poco nos pasa.