Cuando me dejan hablar suelo decir que la escuela está, entre otras cosas, para enseñar a los niños, a las niñas y a los adolescentes a distinguir la mentira de la verdad. Pero cuando digo esto delante de profesores y profesoras que ya se han puesto en los ojos la venda de la complejidad (para qué te vas a liar, dicen, si no se puede saber qué es verdad, si es todo muy complejo,...) veo que ponen cara de tanque. Para ellos la realidad ya no es lo que hay, sino una cosa menor. Conviven con las mentiras que les llegan al móvil con una familiaridad tan grande que, fuera de la esfera de lo más personal, acaban aceptando, como dice Iñigo Domínguez , que da igual si algo es verdad o es mentira, que las cosas son verdad si para tí son verdad. Y de ahí a que el mundo te sea ajeno, solo hay un paso. Y si los maestros y las maestras enseñan el mundo, ya me diréis.
Muchas personas dicen que no se puede saber lo que pasa en el mundo, porque no hay luz. Y entonces, por mucho que mires, no ves. Y no es así. El problema, como dice Marina Garcés, no es la falta de luz, sino el exceso de lucecitas. ¿Sabes por qué tantas personas permanecen sin decir una palabra, o sin leer una palabra, o sin escribir una palabra, delante de horrores como los de quienes viven en Gaza? Pues, porque hay quien está empeñado en que no se entienda nada, y satura todo de estímulos triviales que dispersan tu atención. No es que estés rodeado de personas sin conciencia, sino que hay alguien enterrando lo terrible entre mil contenidos banales con los que te reclama la mirada. Nadie nos dice que miremos hacia otro lado, nadie. Pero muchos nos ofrecen otros sitios a los que mirar, y atender. Por eso es muy importante que alguien nos diga, mira aquí, mira esto: Para eso están los maestros, para enseñar a mirar, en condiciones adversas.