Muchos niños y muchas niñas quieren ser astronautas. En realidad, todas las personas hemos querido serlo en algún momento de nuestra vida. ¿Será por ver lo que nadie puede ver, por mucho que se aleje, o que se acerque, por muy alto que esté el mirador que nos pongan? ¿Será por escuchar el silencio que nadie puede escuchar, por más que te alejes del ruido, porque siempre hay seres, y cosas, que hacen otros ruidos? ¿Será por sentir lo que nadie puede sentir, sometidos todos a la misma ley de la gravedad que nos dicta a que altura del suelo caminar? Pues las tres cosas se pueden entrenar sin necesidad de entrar en el programa espacial de la NASA: ver lo que nadie ve, escuchar lo que nadie escucha y sentir lo que otros no pueden sentir. Solo hay que leer. Y se enseña en la escuela.
La misma madre que se quejaba a gritos en el patio de que a su hija de cinco años le pegaba "una negra" (que también tenía 5 años) denunció al colegio por daños, y ganó. En su columna del día 26 de abril, Elvira Lindo se pregunta por qué el sistema educativo no asume la tarea urgente de igualar desde la infancia. Pues porque no es necesario, me encontré pensando. Porque eso es tan fácil de hacer que no es ni tarea. Los niños y las niñas no ven diferencia donde sus padres y madres sí la ven. Y a lo mejor es porque, como escribía Muriel Barbery en La elegancia del erizo, los niños y las niñas huelen bajo la cáscara de las conveniencias la verdadera textura de la que están hechos los seres. La tarea urgente de verdad (y triste, también) es la de separar a muchos padres y a muchas madres de la escuela, para permitir que ésta sea lo que tiene que ser, y que tan bien explica siempre Daniel Innerarity: un tiempo y un lugar que aleje a los niños y a las niñas de los suyos y qu...