Leo a Martín Caparrós : pero también se pueden perder los papeles, perder la vergüenza, perder la paciencia, perder los estribos, perder la cabeza, perder la cara, perder la calma, perder el alma, perder el habla, perder la fe, perder las ilusiones, perder la perspectiva, perder la compostura, perder la virginidad, perder el rumbo, perder la razón, perder la honra, perder la inocencia, perder la oportunidad, perder el sentido, perder un hijo, perder un padre o madre, perder el respeto, perder el miedo, perder una carrera, perder la mano, perder pie, perder peso, perder comba, perder aire, perder facultades, perder sangre, perder la vida, perderlo todo, perderse. Y pienso que también se puede perder las formas, perdernos, perder las ganas, perder un amigo, perder la apuesta, perder la orientación, perder el turno, perder el tiempo, perder su silla, perder por goleada, perder el norte, perder la batalla, perderos, perder la vocación, perder la palabra, perder la libertad, perder la memor...
Hay personas a la que les saca de quicio que las cosas no estén en su sitio. Son las que piensan que cada cosa solo pueden estar aquí, o allí, donde esas personas piensan que deben estar, y que el hecho de que las cosas estén en un sitio que no sea el suyo es un problema. Delante de la posibilidad de que el Guernica esté, temporalmente o para siempre, en otro sitio, está la pregunta acerca de quién decide cuál es el sitio del Guernica. Su propietario, diréis. Y como es del Estado, las preguntas son, entonces, otras: para qué detenta y cuida el Estado obras de arte, para qué es el arte. O mejor, para quién. Y luego, decidir dónde, en cada momento. Y hablar de qué es posible, o imposible, en cada momento. Y ahí es donde cada uno debe ocupar su sitio, eso sí.