Delphine Horvilleur cuenta que un rabino estudiaba el Talmud. Estaba tan inmerso en la lectura que no oía llorar a su bebé. Su padre le preguntó: "¿No oyes a tu hijo llorar?". "No. Estoy estudiando". "Entonces no estás estudiando bien", concluyó. El día que consigamos que las aulas estén climatizadas, aisladas del jaleo de la calle y del patio, cuenten con el material y los recursos básicos y cada alumno disponga de los metros cúbicos que necesita un ser humano para la tarea de aprender, tendremos que volver a meter en ellas la intemperie y el ruido sin los cuales no se está estudiando bien.
El último de los relatos de "No se van a ordenar solas las cosas", comienza con un hombre de ochenta años sentado en la cocina de su casa frente a la lavadora estropeada. Por su voz, Nuria Labari nos dice que no se siente capaz de afrontar esta lucha a muerte con lo cotidiano, esta rebelión de los objetos, esta complicación constante de la vida por culpa de la tecnología . ¿Cuándo compramos el relato de que las máquinas creadas por las personas nos iban a librar de nuestra fragilidad de personas, que podríamos todo, que superaríamos, uno detrás de otro, todos los límites, que, tarde o temprano, idearíamos una app para cada situación, que no habría nada que un móvil con conexión a internet no pudiese solucionar? Luego se te estropea la lavadora y no sabes dónde has puesto la garantía. O lo sabes, pero tu cuerpo de ochenta años no está para subir al altillo en el que están esos papeles. Que la tecnología iba a liberarnos de toda fragilidad es una ilusión, solo eso. No reconocer...