Nadie tiene tiempo. A todo el mundo le falta. E n 1982, el médico estadounidense Larry Dossey empleó la expresión «enfermedad del tiempo» para denominar la creencia obsesiva de que el tiempo se aleja, de que no lo hay en suficiente cantidad…» Muchas personas en los claustros de profesores y profesoras y en los equipos directivos de los colegios están enfermas de esto. No es verdad que no hay tiempo, pero, como le hacía decir Quino a Felipe, a algunos esa mentira se la respetan . Las enfermedades y las obsesiones, también las del tiempo, se tratan. Y la escasez, también la del tiempo, se gestiona: ¿qué hay que hacer para no perder algo tan escaso como el tiempo? La respuesta la da Albert Camus poniendo en boca de Tarrou, uno de sus personajes en La peste, que todo pasa por " sentirlo en toda su lentitud" . "Medios: pasarse los días en la antesala de un dentista en una silla inconfortable; vivir el domingo en el balcón, por la tarde; oir conferencias en una lengua que...
Muchas veces, delante de los problemas, nos asalta la sensación de que no podemos hacer nada. Y no es verdad. Podemos ponerles nombre. Debemos ponerles nombre. Aún, como dice el libro de las evidencias, a riesgo de equivocarnos... Conoces el nombre que te dieron, no conoces el nombre que tienes. Llamar a las cosas por su nombre (como intentaba Rajoy, cuando nos explicaba la aspiración a la independencia de tantos catalanes y catalanas diciendo que un vaso es un vaso y un plato es un plato) es algo que se aprende en la escuela, siempre que los maestros y las maestras cumplan su deber de hablar con claridad. Todos nuestros problemas , le dice Tarrou a Rieux, en un diálogo de La peste, provienen de nuestro fracaso a la hora de usar un lenguaje simple y claro . Porque la escuela, entre otras tareas, tiene la de enseñar a hablar, de manera que sus maestros y sus maestras han de preparar las clases como lo que son, verdaderos actos de comunicación. Y eso empieza por hablar...