El último de los relatos de "No se van a ordenar solas las cosas", comienza con un hombre de ochenta años sentado en la cocina de su casa frente a la lavadora estropeada.
Por su voz, Nuria Labari nos dice que no se siente capaz de afrontar esta lucha a muerte con lo cotidiano, esta rebelión de los objetos, esta complicación constante de la vida por culpa de la tecnología.
¿Cuándo compramos el relato de que las máquinas creadas por las personas nos iban a librar de nuestra fragilidad de personas, que podríamos todo, que superaríamos, uno detrás de otro, todos los límites, que, tarde o temprano, idearíamos una app para cada situación, que no habría nada que un móvil con conexión a internet no pudiese solucionar?
Luego se te estropea la lavadora y no sabes dónde has puesto la garantía. O lo sabes, pero tu cuerpo de ochenta años no está para subir al altillo en el que están esos papeles.
Que la tecnología iba a liberarnos de toda fragilidad es una ilusión, solo eso. No reconocerlo nos condena a la frustración de ver la lavadora muerta y no entender. ¿Qué tal si leéis juntos en el Claustro a León XIV y a Nuria Labari y dedicáis una tarde a hablar de ello, delante de un café?

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