Ir al contenido principal

Entradas

Nuestras reuniones (1): conversaciones pendientes

En las reuniones a las que voy escucho, muchas veces, expresiones que no sé lo que significan. Las palabras las entiendo, pero no sé ni por qué ni para qué se dicen. Por ejemplo: - Siempre estamos con la misma historia. A mi se me amontonan las preguntas: ¿siempre?, ¿estamos?, ¿quienes estamos?, ¿cuál es la historia en la que estamos? Si hago alguna de esas preguntas, o si digo que no me estoy enterando, me expongo a miradas o a comentarios de desaprobación, así que con frecuencia fijo la vista en el papel, o la cruzo con alguno de los cómplices que tengo en la reunión (qué sería de la vida sin cómplices...). Y ahí lo dejo. Mientras, pienso. En que cualquier conflicto no resuelto en el pasado, se transfiere a nuestras interacciones en el presente. Y las contamina. Y después de pensar, me ratifico en el diagnóstico que llevaba puesto: nuestras organizaciones y equipos tienen decenas de conversaciones pendientes.

Villanos sin superhéroe

Muchas veces, cuando me pongo a mirar a grupos de personas -un Claustro de profesores y profesoras, pongamos por caso- me pregunto qué hace que haya en el mismo equipo personas con ganas de trabajar y personas que hacen lo justo, para cumplir, personas arrogantes ("me vas a enseñar tú a mí, ahora") y personas sencillas, con unas enormes ganas de aprender, personas nostálgicas de un pasado que siempre fue mejor y personas que saben que mejorar, mejorar, lo que se dice mejorar, es cosa del futuro, personas que envidian lo que hacen los demás, y dinamitan cuanto pueden, y personas que admiran lo que hacen los demás, y lo aprenden, lo recrean y lo multiplican. ¿Qué hace que esto pase?, me suelo preguntar. ¿Y por qué pasa aquí y allí? Será la edad, me contestaba. Pero no. Es la a-C-titud, y no la a-P-titud, la que crea la a-L-titud, decía mi buen amigo Joserra Mandiola . Y esta teoría de Joserra me la confirmó este cuento que encontré en la red . Lo recoge María Pérez, and...

Residencia y Colegio Artagan, en Bilbao

Hay personas que trabajan a jornada completa. Y hay otras personas que hacen jornada doble, sin cobrar más que una, o media, y sin exigir nada a cambio, ni siquiera el reconocimiento de la sociedad. Es el caso de Sonia y de Isabel, que por la mañana gestionan y dan clase en uno de los mejores colegios de Bachillerato y de Formación Profesional de Grado Superior del país y por la tarde, la noche y el amanecer acompañan a las niñas que las autoridades ponen a su cuidado. No hacen este doble trabajo por amor al arte, sino por amor a los niños. Un amor sonriente, cargado de sensibilidad y de buen rollo, que se pega a las paredes y a las aulas del colegio convirtiéndolo en un lugar de acogida y de respeto. Otra muestra más - y van... -de que para que haya escuela no hacen falta ni wifi en todas las aulas, ni pizarras digitales ni 1x1 en ordenadores, sino profesores. Gente buena. Salvan vidas. Recuperan para la alegría de vivir a personas a las que la vida quitó demasiadas cosas nece...

La ilusión y el entusiasmo de los que llegan

Lo más bonito de mi profesión es que me da la posibilidad de encontrarme con frecuencia con hombres y mujeres que empiezan a trabajar en la escuela. En los últimos días, en el Colegio Escuelas Pías de Carabanchel, en el Colegio San José de Santander y en el Colegio Escolàpies Sant - Martí de Barcelona, a la sombra de las torres de la Sagrada Familia. De su ilusión y de su entusiasmo, cuando hablamos de niños, de padres, de escuela y de maestros, nacen mi ilusión y mi entusiasmo.  Y mis ganas de seguir pensando para qué está la escuela y para qué estamos los maestros en la escuela.

Un colegio de colores

El mundo es de colores. Y el colegio también. De color gris, concretamente. Luego las aulas de infantil son azules, los pasillos, según la etapa, las aulas de la ESO naranjas y las de Primaria, verdes. Pero el recibidor, gris. Gris claro o gris oscuro, pero gris. Y mal iluminado. Encima. ¿Alguno pintaría de gris el recibidor de su casa? ¿Alguno diría a sus invitados, "si, el recibidor es poco acogedor, pero ya verás cuando entremos en la sala"? ¿A que no? Pues eso.

Tres preguntas para el examen de conciencia docente

Ana Martínez Mendez, propone, desde Educación 3.0. algunas preguntas para que los maestros nos hagamos al acabar el día. Una buena idea, que comparto. Ahí van las preguntas: 1ª) ¿Te has reído? (si no hay risas en la escuela...). 2ª) ¿Has hecho algo distinto a lo de todos los días? (para conseguir resultados diferentes hay que hacer cosas diferentes, ¿no?). 3ª) Ese niño que tienes en clase, y que quiere ser maestro, ¿tendrá hoy más ganas de serlo?

Una razón apabullante para cambiar la escuela

      De todas las razones que hay para cambiar la escuela (que ahora se aprende distinto, que muchas de las cosas que enseñamos estarán superadas por el simple paso del tiempo el miércoles que viene, que no se puede enseñar en analógico a la gente digital...) hay una que se impone de manera apabullante: que los vamos a matar de aburrimiento.        Recoge Jose Antonio Marina en su Libro Blanco cómo las investigaciones neurológicas de Rosalind Picard y sus colegas del MIT Media Lab muestran que la actividad del cerebro de los alumnos durante una clase magistral es más baja que cuando están dormidos.        (Así que va a resultar que cuando Casilda dormitaba con aquel ronquidito suave en mis clases de Economía era la de cerebro más activo. Qué razón tenía yo, sin saber, cuando pedía a sus compañeros que no la despertaran).