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Tesoros

Sir Ken Robinson, El elemento. Descubrir tu pasión lo cambia todo. DeBolsillo clave, Barcelona 2015

Santiago Moll me llevó has El elemento después de haber oído hablar decenas de veces de Sir Ken Robinson. A Montserrat del Pozo, a Richard Gerver y a cuantos piensan y escriben que la escuela tiene que cambiar.

Y que todo empieza por maestros que entiendan la educación y la vida en la escuela como lo que da sentido a sus días y sus noches.

Me dejó incómodo. Porque denuncia que la escuela mata la creatividad, con tanta obsesión por el programa, y con una organización que la ahoga.

Y me enseñó que no se puede explicar nada, a nadie, si no es empezando con una buena historia. El libro empieza así: hace unos años oí una historia maravillosa que me gusta mucho explicar. Una maestra de primaria estaba dando una clase de dibujo a un grupo de niños de seis años de edad. Al fondo del aula se sentaba una niña que no solía prestar demasiada atención; pero en la clase de dibujo sí lo hacia. Durante más de veinte minutos la niña permaneció sentada ante una hoja de papel, completamente absorta en lo que estaba haciendo. A la maestra aquello le pareció fascinante. Al final le preguntó que estaba dibujando. Sin levantar la vista, la niña contestó: "Estoy dibujando a Dios". Sorprendida, la maestra dijo: "Pero nadie sabe qué aspecto tiene Dios".

La niña respondió: "lo sabrán enseguida".


Richard Gerver, Crear hoy la escuela del mañana. La educación y el futuro de nuestros hijos. Biblioteca Innovación Educativa, Ediciones SM, Madrid, 2013 (leído en 2014)

Le estaré eternamente agradecido a Ángel Manzano, de la Editorial SM, quien me lo regaló al acabar una reunión de trabajo en su almacén y oficina de Kareaga, en Barakaldo, una lluviosa mañana de invierno.

Gerver tuvo un sueño, y en eso no se diferencia de muchos de nosotros. Pero él, además, tuvo el arrojo de intentar convertirlo en realidad, y convirtió una escuela normal en una escuela distinta de todas.


Arthur Ciaramicoli, Katherine Ketcham, El poder de la empatía, comprender es la clave, Ediciones Javier Vergara, Buenos Aires, 2000 (leído en 2012)

Para conseguir este libro que me recomendó Joserra Mandiola tuve que hacer una exploración por la red, en la que, como hay de todo, también hay libros descatalogados. Y en una semana me lo habían enviado desde una libreria de Badalona. El libro en mi casa por 18 euros, y lo que viene dentro no tiene precio.

Llegué a él porque hace ya un par de años, en 2011, empecé a preocuparme más por las razones de lo que pasa que por lo que pasa. Me pregunto por qué las personas hacen las cosas que hacen, a qué intereses responden...Y encontré las claves de muchas de esas cosas en la empatía, o en su ausencia.

Y así, casi todos los problemas llevan al mismo sitio, y para abordarlos correctamente, hay que empezar por el mismo lugar.

Si lo que te preocupa es aprender a enfocar, lee el libro.

Resumo mi aprendizaje. Para expresar empatía, cuando hablas con una persona...

1.- Haz preguntas con final abierto.
2.- Avanza suavemente, dejando a la otra persona expresarse con libertad.
3.- Evita juzgar. Destierra de tu vocabulario las expresiones: "Tú siempre...", "Tú nunca..."
4.- Presta atención a tu cuerpo. Expresa más que tus palabras.
5.- Aprende del pasado.



Muriel Barbery, La elegancia del erizo, Seix Barral, Barcelona 2007


En esta novela preciosa, además de una de las definiciones más maravillosas de lo que es educar, encontré por dónde empezar a trabajar con profesores el tema de la identidad. El capítulo 2 comienza así: "Me llamo Renée. Tengo 54 años. desde hace veintisiete, soy la portera del número 27 de la calle Grenelle. Soy viuda, bajita, fea y rechoncha (...) No tengo estudios (...) Vivo sola con mi gato (...) Como rara vez soy amable, no se me quiere, si bien, pese a todo, se me tolera, porque correspondo tan bien a lo que la creencia social ha aglutinado como paradigma de la portera de finca, que soy uno de los múltiples engranajes que hacen girar la ilusión universal segun la cual la vida tiene un sentido que se puede descifrar fácilmente.

Empecé a preguntarme cuál sería el paradigma del maestro, o del profesor de Secundaria.

También me convencí, leyendo a Muriel Barbery, de que es verdad lo que tantas veces dice Gustavo Martín Garzo, que la escuela no está para enseñar contenidos, sino para descubrir la verdad, y que, como la verdad no cabe en lo real, hay que leer novelas. Y hay que leer novelas en clase.


Gustavo Martín Garzo, El hilo azul, La pasión de contar el secreto placer de leer, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2009, Madrid 2010

Y hablando del rey de Roma, no recuerdo haber pasado ratos de lectura de la intensidad y capacidad evocadora que me proporcionó esta joya. Martín garzo dice que el niño quiere aprender, y necesita historias que le cuenten lo que es el mundo y lo que pasa en su interior, pero sobre todo que le hablen de lo prodigioso, porque la verdadera vida es siempre indisociable de la espera y la realización del prodigio.

La vida que vivimos todos los días no es la verdadera vida, y la misión de los cuentos es hablar de esa realidad oculta. 

He aprendido leyendolo que, además de no caber en lo real, la verdad tampoco cabe en un solo sueño, y que necesita del entrelazarse de muchos sueños para revelarse.


Daniel Pennac, Mal de escuela, Literatura Mondadori, Barcelona 2008

Un libro prodigioso, un diálogo entre entre el zoquete que fue ayer y el escritor que es hoy. Un libro que explica que la presencia de un profesor que habita plenamente su clase es perceptible de inmediato. Que explica también que la idea de que es posible educar sin dificultades se debe a una representación etérea del alumno, y que la prudencia pedagógica debería representarnos al zoquete como al alumno más normal. Un libro, en fin, que pondera al profesor poseído por la pasión comunicativa, amasado con su materia y con sus alumnos.

El capitulo VI del libro debería ser lectura obligatoria para un CAP que podría empezar por pedir a cada candidato a profesor que recuerde un fracaso escolar e intente explicar qué pasó.


Philippe Perrenoud, Diez nuevas competencias para enseñar. Invitación al viaje, Graó, Bibilioteca de Aula, 196, Barcelona, 2004

Práctica reflexiva, profesionalización, trabajo en equipo y por proyectos, autonomía y responsabilidad ampliadas, tratamiento de la diversidad, énfasis en los dispositivos y en las situaciones de aprendizaje, sensibilidad con el conocimiento y con la ley, conforman "un escenario para un nuevo oficio". En ese escenario, el objetivo de Perrenoud es dar a conocer nuevas competencias profesionales, dejando de un lado las habilidades más evidentes, haciendo hincapié en lo que cambia, en las competencias que representan un horizonte, y partiendo del Referencial de competencias adoptado en Ginebra en 1996.

Para no olvidar, los veinte consejos para no tomar el pelo a los padres y madres (página 105).



Christopher Day, Pasión por enseñar. La identidad personal y profesional del docente y sus valores, Narcea, Madrid 2006

Lo que he aprendido con la lectura de este libro es a situar la pasión, el entusiasmo, no como una competencia humana más, aunque sea como la más importante de las competencias de madurez de un docente, sino como el corazón y el centro de todas las demás competencias, lo que las da vida y las hace posibles. La pasión no es un añadido, dice Day, sino que ha de estar en el centro de la enseñanza.

También he aprendido que se puede morir, la pasión. Que cuando perdemos la alegría por ir al Colegio es que se está muriendo, o que la estan matando. Y que si queremos seguir en esta profesión tendremos que preguntarnos quién o qué es el asesino.


Alvaro Marchesi, Sobre el bienestar de los docentes. Competencia, emociones y valores. Alianza Editorial, Madrid 2007

De Marchesi he aprendido lo que significa que la nuestra es una profesión moral. Y cómo, si eso es así, tenemos la obligación de combinar razón y sentimientos. Los principios racionales que sustentan un comportamiento ético y los sentimientos y emociones que nos dan la sensibilidad necesaria para comprender a los otros en su contexto específico. Atendernos a nosotros y atender a los demás.


Ramiro Marqués, Profesores muy motivados. Narcea, Madrid, 2008.

Al libro llegué desde una nota que lo citaba en otra publicación, interesado por cómo distinguía entre profesores excelentes, profesores normales y profesores mediocres. Desde su sencillez, insiste en ideas estupendas para mejorar el clima docente. Por ejemplo, el café.


Miguel Angel Zabalza y Ainhoa Zabalza, Profesores y profesión docente, entre el "ser" y el "estar". Narcea, Madrid, 2011.

Un pedazo de libro, escrito desde la experiencia, sobre cómo somos y cómo sentimos los que entramos cada mañana en las aulas. De él me llevo la pregunta fundamental, con la que empiezo cada vez que propongo a alguien autoevaluar su desempeño docente: ¿eres maestro o "estás" de maestro?


Lourdes Bazarra, Olga Casanova y Jerónimo Garcia Ugarte. Ser profesor y dirigir profesores en tiempos de cambio. Narcea, Madrid, 2004.

De mis amigos madrileños he aprendido muchas cosas. La más importante, a formar profesores. Pero cuando releo sus libros siempre empiezo por cuando nos recuerdan que le falta seducción a la escuela. Y así, cuando salgo a la calle a ejercer de maestro, nunca olvido ponerme colonia.


J. Cela y J. Palau, Con voz de maestro. Un epistolario sobre la experiencia docente. Celeste Ediciones, Madrid 1994.

Juli y Jaume son dos directores de escuelas públicas catalanas que intercambian cartas en las que comparten sus experiencias como maestros y como directivos. Lo leí varias veces, la primera antes de participar en una semana de formación para directivos en Barcelona, en 1999, y siempre empezaba por la misma frase: "cada mañana, cuando llego al despacho, pienso, debo ordenar lo que hay. El orden exterior compensa, equilibra el desorden interior".


José Saramago

En julio de 1998 andaba yo agotando mis vacaciones unas semanas antes de empezar a trabajar en el Colegio Jesús - María de Bilbao, en el monte Artxanda. En esos días leí Todos los nombres. Y de la misma sucumbí a la prosa abrumadora e hipnótica de Saramago. Y, como hizo don José, el anónimo protagonista de la novela, me até al tobillo una punta del hilo de Ariadna, para avanzar en la oscuridad del mundo desconocido que me esperaba en Artxanda. Con el mismo espíritu de oficinista aventurero.

El año siguiente, en marzo, leí El Evangelio según Jesucristo. Y descubrí con asombro que un ateo de mirada limpia se iba convirtiendo en mi guía espiritual. Que cabían muchas miradas amorosas a la misma realidad. Que existe la heterodoxia, y que es buena. Y a veces, obligatoria.

La lectura en verano de El año de la muerte de Ricardo Reis puso delante de mis ojos la pregunta fundamental, la que nunca ha dejado de acompañarme, cuando el protagonista llega en barco a Lisboa y se dispone a tomar un taxi: el taxi arranca, el conductar quiere que le digan Para Dónde, y esta preguntan tan sencilla, tan natural, tan adecuada al lugar y circunstancia, coge desprevenido al viajero (...) tal vez porque le han hecho una de las preguntas fatales, Para Dónde, la otra, la peor, sería, Para Qué.

En Navidad de 1999, y, como siempre, la mitad en Bilbao y la mitad en Barcelona, leí la Historia del cerco de Lisboa. En ella, otro ser anónimo, Raimundo Silva, corrector de pruebas de una editorial, sucumbe a la tentación de subvertir la Historia, tan convencido de su poder como de su amor por María Sara.

En un viaje triste hasta el infierno de Madrid a Bilbao, en marzo de 2001, terminé de leer el Memorial del Convento, otra historia de muerte. Y eso que empezó bien, entre risas, cuando descubrí que Saramago se inspiró en Stephanie y en mí para escribir un párrafo memorable: ... y vengan las damas a éste a cobijar a Doña Maria Ana con el edredón de plumas que también trajo de Austria y sin el que no puede dormir, sea invierno o verano. Y es por causa de este edredón, sofocante hasta en el frío febrero, que Don Juan no pasa toda la noche con la reina, al principio sí, por ser aún mayor la novedad que el incomodo, que no lo era pequeño al sentirse bañado en sudores propios y ajenos, con una reina tapada hasta la cabeza, recocido en olores y secreciones. Doña María Ana, que no ha venido de país cálido, no soporta el clima de éste. Se cubre toda con un inmenso y altísimo edredón, y así se queda, enroscada como topo que encontró piedra en su camino y anda pensando por qué lado ha de seguir excavando su galería.

Ensayo sobre la ceguera, que leí en febrero de 2001, me sacudió hasta los cimientos, y me apunté una máxima para recordar para siempre, que si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Aquello me cambió el porte, de prudente a osado. Ya era Jefe de Estudios, pero pasé de contemporizador a proactivo.

En el verano leí La balsa de Piedra, que en nuestros días ha sido reeditado con el fin de obtener dinero que destinar a la reconstrucción de Haití. Me pidieron que abriera el curso con unas palabras dirigidas a los profesores. Las tomé prestadas de Pedro Orce, que decía, contemplando la balsa de piedra, esa inmensa península ibérica a la deriva en mitad del Atlantico, que cada uno ve el mundo con los ojos que tiene, y los ojos ven lo que quieren, los ojos hacen la diversidad del mundo y fabrican maravillas, aunque sean de piedra, y las altas proas, aunque sean de ilusión. Y dije, en un verano que nos envíaba imágenes como las de las pateras, Gescartera o la violencia de ETA en las calles de mi país, que proponía, a los que teníamos la tarea de acompañar a los alumnos a ser personas, empeñarnos en el programa diseñado por el escritor poeta: educar para que sus ojos y sus manos fabriquen maravillas, aunque sean de piedra, y las altas proas, aunque sean de ilusión.

Buena verdad es que ni la juventud sabe lo que puede, ni la vejez puede lo que sabe, decía Saramago en La Caverna. Yo lo leí en febrero de 2002. Y me empeciné en leer más, en perseguir la sabiduría, en no conformarme con las primeras impresiones, es escarbar detrás de las palabras, en volver a la Filosofía, en leer a Platón.

De El hombre duplicado aprendí lo extraña que es la relación que tenemos con las palabras. Aprendemos de pequeños unas cuantas, a lo largo de la existencia vamos recogiendo otras que nos llegan con la instrucción, con la conversación, con el trato con los libros y, sin embargo, en comparación, son poquísimas aquellas de cuyos significados, acepciones y sentidos no tendríamos ninguna duda si algún día nos preguntaran seriamente si las tenemos. Así afirmamos y negamos, así convencemos y somos convencidos, así argumentamos, deducimos y concluimos, discurriendo impávidos por la superficie de conceptos sobre los cuales solo tenemos ideas muy vagas y, pese a la falsa seguridad que en general aparentamos mientras vamos tanteando el camino en medio de la cerrazón verbal, mejor o peor nos vamos entendiendo, y, a veces, hasta encontrando. Lo leí en Dosrius, en la Semana Santa de 2003, mientras reflexionaba acerca de por qué no servían de nada las palabras cuando hablaba con padres de familia airados por el trato que dábamos a sus hijos.

De que la democracia no era la solución de nada, sino la condición para todo, como luego diría Cebrián, ya me iba dando cuenta, pero la lectura del Ensayo sobre la lucidez, en mayo de 2004, me lo hizo aprender y disfrutar, todo en uno.

Tenía la virtud de construir historias imposibles, como aquella en la que la muerte decide suspender sus actividades. Primero euforia, qué bien que no nos morimos, y luego el caos. Al día siguiente no murió nadie, empieza la novela Las intermitencias de la muerte, que leí cuando comenzaba 2006. Me ayudó a pensar sobre el otro caos, el de la organización del Colegio, en cuyo fregado andaba ya metido hasta las cejas. Y me ayudó a esperar con paciencia, porque el caos nunca gana.

De Las pequeñas memorias dí cuenta en septiembre de 2007, y me ayudó a pensar en cuando fui un niño, y de lo poco que me acuerdo, y de la poca memoria que tengo.

En diciembre de 2008 me visitó la muerte, tanto leer de ella en las novelas de Saramago. En San Asensio, a 120 km por hora, me dormí al volante y me salí de la calzada, estrellando el coche, mi cuerpo, y los de mis tres hijos. Pero ocurrió el milagro. El viaje del elefante viajaba en el asiento del copiloto, y asiste ahora a este ejercicio de escritura con las marcas del accidente en la portada. Desde entonces la muerte se me ha hecho familiar. Y me visita cada tres meses, la hijadeputa.

Y entre Valencia, Bilbao, Madrid, y el cielo de España, en noviembre de 2009, leí Caín. Y entendí que me faltaban muchas lecturas de la Biblia.

Entoces murió Saramago. Me dí cuenta al mirarme el tobillo y ver que el hilo ya no estaba ahí, guiando mi caminar.

Y me fui de Artxanda. Qué otra cosa podía hacer, si empecé con él, y ya no estaba. Las cosas son siempre como son, y a veces, gracias a Dios, son como tienen que ser.


Qué más da, quedamos nosotros, contestó María Sara a Raimundo Silva.

A mi remedio mejor contra la tristeza





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