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Mostrando entradas de junio, 2012

Nuestras clases, la antecámara de su vida (y si no, quédate en casa)

Si leer es bueno para la salud, releer es el doble de bueno.

Lógicamente.

Por eso cuando releí a Pennac caí en la cuenta de que entre linea y linea había escondido la respuesta a la pregunta por el sentido. El sentido de hacerse maestro y seguir en ello.

¿Era él un gran matemático? Y el curso siguiente, ¿era la señora Gi una gigantesca historiadora? Y durante la repetición de mi último curso, ¿era el señor S. un filósofo sin par? Lo supongo. Pero, a decir verdad, lo ignoro; solo sé que los tres estaban poseídos por la pasión comunicativa de su materia. Armados con esa pasión, vinieron a buscarme al fondo de mi desaliento y solo me soltaron una vez que tuve ambos pies solidamente puestos en sus clases, que resultaron ser la antecámara de mi vida.

Sobre el optimismo

En "El valor de educar" (Ariel, BCN 1997) Fernando Savater dice: como individuos y como ciudadanos tenemos perfecto derecho a verlo todo negro. pero en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay!. Y es que la educación presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia hacia el optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias, hechos...) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento (...) Con verdadero pesimismo puede escribirse contra la educación, pero el optimismo es imprescindible para estudiarla y para ejercerla.

oxígeno para el fuego

Ahora que acaba el curso estoy ordenando con mi hijo sus libros, los de texto y los otros. Los otros son seis novelas: dos en castellano, dos en euskera y dos en inglés. ¿Cuál es el que más te ha gustado?, pregunto con un poco de ingenuidad y otro poco de mala leche.

- no tengo ni idea

contesta mientras los coloca cuidadosamente en una estantería de la que no volverán a salir a no ser que nos mudemos de casa.

Recordé que Montaigne afirmaba que enseñar no era llenar un hueco, sino encender un fuego.

Y recordé lo que me dijeron en un curso al que asistí hace un montón de años: para avivar el fuego se necesita una buena bocanada de aire.

Y a menudo, creo yo, con el tratamiento que damos a la enseñanza de la Literatura, no hacemos más que suprimir el oxígeno que necesita la llama para intensificarse. Y en lugar de amar las novelas, y la poesía, las tienen por irrelevantes.

Pena de tiempo perdido, otra vez.