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Mostrando entradas de enero, 2010

programa, programa, programa

Programa, programa, programa. No sé a qué político se lo escuché. Me parece que lo podía haber suscrito uno de derechas y uno de izquierdas. Un nacionalista de aquí o uno de allí.

A veces nos complicamos la existencia. Y entonces hay que volver al programa. A leer la misión, la visión y los valores de la escuela en la que enseñas y aprendes. A leer el Manifiesto Comunista si militas en el PC. Y al Evangelio los cristianos que trabajamos en la escuela cristiana.

Leer el programa conecta con la intuición primera y nos ayuda a descubrir qué simple es todo, en contraste con lo complicado que parece el día a día.

Jesús tenía un programa, y estoy seguro que se lo iba entregando a los discípulos que se añadían al grupo como nosotros a los alumnos el primer día de clase. A pesar de que cuando se le ocurrió anunciarlo en el pueblo de sus padres por poco lo corren a boinazos.

Subversión pura, en tres objetivos: primero, dar la buena noticia a los pobres, segundo, anunciar la libertad a los cautivos…

Aprender en los bares

Dice Maruja Torres que ella aprende mucho en los bares que frecuenta de la gente que allí conoce. También dice que no recuerda, de los tiempos en que era niña y estaba en edad de adquirir conocimientos, a nadie que le enseñara nada que hoy pueda recordar, ni en la casa ni en la escuela ni en la iglesia. Nada ni nadie, ni entre la tripulación ni entre el pasaje.

No es malo aprender en los bares. Ni en los mercadillos. Ni en las oficinas de Correos. Yo también frecuento lugares públicos con el ansia de aprender a flor de piel.

Lo terrible es no aprender en la escuela. Nada que se pueda recordar al cabo de unos años. Lo digo porque aun estamos a tiempo de corregir si algo estamos haciendo mal.

el encantador de palabras

Dice Gustavo Martín Garzo (Noche de Reyes, El País de 3 de enero de 2010) que es inevitable, que siempre nos vamos tras los que tienen historias que contar, que los libros están llenos de personajes que se van detrás de alguien con la esperanza de escuchar de sus labios historias, como Sancho con Don Quijote, para oirle hablar de caballeros enamorados y ríos llenos de miel, porque quiere vivir en un mundo lleno de nobleza, dignidad y alegres desatinos.

Tengo para mí que esa es la tarea del profesor en el aula. Tenga el discente tres años o treinta y tres. Se que hay quien dice que no, que en el aula debe reinar la razón, con un reinado como el del rey sol. Pero es que no, que la razón no es más que un principe heredero, que debe esperar pacientemente su turno, detrás de las historias que cuentan los domadores de palabras.

Una vez empecé la clase de Filosofía en 2º de Bachillerato diciendo que hoy os voy a contar un cuento. A medida que leía, los cuerpos de los alumnos, sobre todo sus ma…