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Mostrando entradas de mayo, 2012

El sol

- ¿Quien te da Lengua?

- No sé, uno joven.

Nos distinguen así, por la edad. Y también en esto tienen razón.

Me da por pensar que el tiempo hace en nuestro ser de docentes un trabajo similar al del sol con la tierra. En nuestra vida y en nuestro trabajo, las zonas que antes estaban oscurecidas de repente se iluminan. Las que estaban a oscuras en la juventud, en la edad adulta se alumbran, y al revés.

Ni los mayores manejaremos el ratón como lo hacen los jóveves digitales ni estos serán capaces de ver en los ojos de un chaval lo que vemos los veteranos. Y no habrá clase sin ratones, ya no. Pero tampoco sin maestros que vean profundo.

El asunto entonces es ver cuales son las zonas iluminadas en cada momento, y trabajar en ellas para el mayor bien de nuestros alumnos.

Y nuestro.


¿Explicar o emocionar?

Entre estimular el intelecto o estimular el corazón de los alumnos, ¿con qué quedarse, si es que no se pueden estimular los dos?

Vaya pregunta.

Foster Wallace, dice Uribe en "Bilbao - New York - Bilbao", se hizo famoso cuando escribió "La broma infinita". Para él, lo esencial es la emoción. La escritura, la palabra hablada, tiene que estar viva. Dice que es algo muy sencillo, que desde los griegos, la buena literatura, un buen discurso, te hace sentir un nudo en el estómago. Y que lo demás no sirve para nada.


Estar donde toca cuando toca

Bilbao, Nueva York, Bilbao es una novela de pescadores, entre otras muchas cosas.

En ella he aprendido que "el barco que está bien colocado es el que más pesca. El barco tiene que estar bien anclado en el mar, firme. Por eso es importante que tenga peso. Cuanto más peso, mayor la pesca."

He pensado en la desafortunada imagen del Colegio como un barco con remos. Ya no hay barcos con remos, pero cuando tenemos que hablar del trabajo en equipo seguimos diciendo la tontería esa (que sienta tan mal, por otra parte) de que tenemos que remar todos en la misma dirección porque estamos todos en el mismo barco.

Nos costará dejar de pensar en barcos, que en la escuela parecemos todos hijos de pescadores, o de navieros, pero podemos cambiar la imagen. Pasar de los remos al ancla. Y esperar que las tormentas que sacuden las aulas, y los pasillos, y los patios, y los despachos, nos pillen a cada uno donde tenemos que estar, con el ancla en su sitio.