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Para crear seguridad, da la palabra a cada uno

En muchos grupos existe la regla de que una reunión no puede concluir sin que todos los asistentes hayan aportado algo.

En muchos Claustros de profesores existe la regla no escrita de no mostrar excesivo interés, porque si lo haces te acaban encasquetando más trabajo.

También existe la regla de no significarse demasiado, porque nunca sabes.

Y la de no contradecir a algunas personas con experiencia, o con peso.

Y aunque no es una regla, hay muchas personas que no hablan delante de mucha gente, porque qué vergüenza, o que dicen para qué, si tampoco pasa nada si no aportas tu opinión.

Y hay muchos a quienes no les parece importante hablar, porque ya hablan los de siempre.

Y dar voz a todo el mundo es imprescindible si queremos dar a cada persona la seguridad que necesita para que los equipos sean equipos de verdad.



(cosas que uno piensa releyendo "Cuando las arañas tejen juntas pueden atar a un león", de Daniel Coyle,  en Conecta, Barcelona 2018)
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Lo que importa en un equipo. Y lo que no.

Una vez, siendo director de un colegio, reuní a cuatro personas inteligentes, trabajadoras, con experiencia y con un cariño especial por el proyecto educativo del centro. Les pedí que se constituyeran en equipo y que rindieran como tal.

Fue un fracaso, o al menos, yo así lo viví.

Y ahora, después de leer a Daniel Coyle ("Cuando las arañas tejen juntas, pueden atar a un león, editado por Conecta en Barcelona, en 2018) voy entendiendo la razón de aquel desastre. Dice que solemos creer que el rendimiento del grupo depende de la inteligencia, la destreza y la experiencia. Pero no es así. Las habilidades personales no son lo que cuenta. Lo importante es la interacción. La "química". Que se alimenta de comportamientos sencillos, como el diálogo constante, la escucha activa, el humor y los detalles amables, que hacen que las personas se sientan seguras y confiadas.

Y de detalles de aquellos, había pocos.

Y, claro, sin seguridad, no hay equipo.

Ni nada.

El primer día

El primer día de una persona en su nuevo trabajo suele venir precedido de una noche sin dormir y de muchos nervios en el camino. Nunca se sabe.

- Soy el nuevo.

Dije a la persona que atendía el teléfono en Recepción el 1 de septiembre del año en el que entré al Colegio. Los unos de septiembre en los Colegios son unos días imposibles, así que me dedicó el tiempo justo de acompañarme a un recibidor.  Tenía que seguir atendiendo el teléfono. La directora me dedicó unos minutos, y después pasé la mañana buscándome la vida.

Cada uno tenemos nuestra historia, pero las de los maestros los unos de septiembre suele parecerse a esta.



Podría ser diferente. Y sería mejor.

Daniel Coyne ("Cuando las arañas tejen juntas pueden atar a un león", Conecta, Barcelona 2018, pag.191) lo ilustra con este ejemplo de alguien a quien contrata Pixar, sea como director, como camarero en la cafetería o para trabajar en administración:

"el primer día se hace pasar a esa persona y a algunos otros novat…

Mimarnos

Llevo años pidiendo a los profesores que no confundan el Claustro con la cuadrilla de amigos. Y también, que es necesario tener un amigo, o una amiga, entre los compañeros de trabajo.

Nos sobran malas leches y nos faltan conversaciones, a los profesionales, en las escuelas. ¿Para qué tenemos máquinas de café, en las salas de profes, si no es para hablar, de lo nuestro?


Nos falta la costumbre de cuidarnos. Los unos a los otros. Que "aprender a mimarse entre humanos debería ser una asignatura obligatoria, especialmente entre los que se dedican a actividades de alto riesgo emocional, como la política". Es lo que dice Joan Coscubiela recordando a su grupo parlamentario, en la página 201 de "Empantanados", publicado en Peninsula (Barcelona 2018).

Y como la escuela, digo yo.



Hijos del fútbol

Creo que, en lo que se refiere a la última etapa de su corta vida, mi hijo ha aprendido más jugando al fútbol que estudiando. En el equipo que en el instituto. Que su inteligencia espacial tiene más que ver con tirar un pase al hueco por el que iba a aparecer el extremo que con la Educación Plástica y Visual. Que su inteligencia interpersonal tiene más que ver con ser capitán del equipo y tener que tirar de él en el campo que con ser delegado de clase, y por tanto, el que hace algunos recados, porque para eso están los delegados en la ESO. Que su inteligencia intrapersonal ha madurado más yendo de la titularidad al banquillo que con la capacidad para reflexionar que le inculcaron en clase. Que del trabajo en equipo sabe más por tener que defender todos, y todos bien, muriendo en el campo, un empate en inferioridad los últimos diez minutos, que por presentar un trabajo del tema 10 en el que nos repartimos las páginas, cuatro cada uno.

No sé si es un éxito del fútbol o un fracaso de la …

Qué pared tirar

Cuando lo innovador en la escuela es tirar las paredes que separan unas aulas de otras, para crear espacios abiertos, en los que interaccionan alumnos de diferentes edades con maestros distintos, creo que nos estamos equivocando de pared.

Sí, de pared. Porque la que habría que tirar es la de fuera, la que separa la escuela de la calle, de la playa, del parque, del paseo, del kiosko, del mercado, de los mercados, del parlamento, del palacio de justicia, de los CIEs, de los tanatorios, de las cunetas, de las librerias, de los museos, de las vallas fronterizas, de los centros de menores, de los campos de refugiados, de los asilos de ancianos, de los horfanatos, de las narcosalas, de los centros de atención a mujeres maltratadas y de las cárceles.

Eso si sería innovador. Llenaría las escuelas de realidad, aunque las vaciara de programas. Llenaría las escuelas de vida, aunque las vaciara de exámenes. Llenaría las escuelas de experiencias, aunque las vaciara de clases.

Llenaría las escuelas…

Invisibles

Entre las asignaturas pendientes de la escuela está la de sacar a la luz lo que no se ve. Hacer visible lo invisible.

Las personas que viven en la calle, para entender que no son parte del paisaje.

Las mujeres de las que se olvidaron los periódicos y los libros de historia, para entender que cambiaron las cosas.

Las montañas de plástico que quedan en nuestras playas tras la llegada de los que huyen de la guerra, para entender que ellos son nosotros mismos, en circunstancias invivibles.




Los golpes y los gritos que amortiguaron las paredes insonorizadas, para entender que nadie debe soportarlos.
Los rostros de los niños que pagan por lo que no hicieron, para negarse a admitir la bondad de una creación en la que los más pequeños son abandonados.

Por eso, cuando, con ocasión del programa, o a pesar del programa, un educador hace visible lo invisible, ayuda a cambiar la mirada de muchos.

Y así, salva el mundo.

Pd: Gracias, Ana