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"Invisible", de Eloy Moreno

Terminé de leer el libro de Eloy Moreno -"Invisible", Nube de tinta, Barcelona 2018- y me puse a repasar algunas de las cosas que he dicho y escrito, repetidamente, hasta creer que eran verdad.



He dicho que la escuela es un lugar de vida, con su recreo y sus cuentos. Con sus maestras sonrientes y con sus fiestas de navidad y de fin de curso. Pero la escuela es un lugar de muerte, también, para niños avispa como el de la novela.

He dicho que miedo es lo último que deberían sentir niños y padres cuando entran por la puerta del cole, pero Eloy nos recuerda que no hay lugar para nada más que el miedo si eres un niño y tienes un universo en la espalda, hecho de moratones.

He dicho que los maestros deben tener sensibilidad. Pero después de leer la novela creo que deben tener ojos en la espalda (además de mirar con los de delante, claro).

Y si no pueden tener ojos en la espalda, o no saben cómo, que se tatúen un dragón.
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Violadas o muertas

He empezado a ojear "Violadas o muertas", de Isabel Valdés, periodista de El País, en torno al caso de "la manada". Y cuando he vuelto a levantar la vista del libro, ya lo había terminado.



Y ahora me quedan muchas preguntas para responder. Para no aburrir a nadie, propongo tres.

¿Por qué sigue habiendo, a estas alturas de la historia, personas que piensan que es mejor que los niños vayan a unas escuelas y las niñas a otras?

¿Por qué si la Justicia emana del pueblo (artículo 117.1 de la Constitución) las personas no entienden muchas sentencias de los jueces, ni después de que les expliquen todas las palabras raras y los giros extraños?

¿Por qué una parte tan importante de la realidad como es la Justicia y el Derecho está ausente de las clases, de los programas, y de las conversaciones de los maestros?


Cosas pendientes de aprender para ser maestro: el silencio

Pasó a la historia el tiempo en el que el maestro se ganaba la autoridad con lo que sabía. De matemáticas o de lo que fuera.

Y ha llegado  el tiempo en el que maestro se gana la autoridad con lo que escucha. A las personas y a lo que hacen las personas.

El problema es que vamos tarde, porque la escuela, y la labor educativa en general, ha subestimado el valor de la escucha. O la ha juzgado irrelevante (algunos profesores se quejaban de que la escuela que yo dirigía "escuchaba demasiado" a los alumnos, o a los padres y madres).

Ahora toca aprender el silencio,  -el de Thomas Hood, aquel en el que ningún sonido puede ser, el mismo que interpretó Nyman en "El Piano"-. Toca aprender el "no saber" y el respeto al espacio del otro, sea niño, madre o compañero.

Yo aprendí a escuchar de mi padre, quien comprendía la autoridad de los espacios de silencio creados cuando escuchamos con todo el corazón puesto en prestar atención. Mi padre tenía una postura para escuch…

Para crear seguridad, da la palabra a cada uno

En muchos grupos existe la regla de que una reunión no puede concluir sin que todos los asistentes hayan aportado algo.

En muchos Claustros de profesores existe la regla no escrita de no mostrar excesivo interés, porque si lo haces te acaban encasquetando más trabajo.

También existe la regla de no significarse demasiado, porque nunca sabes.

Y la de no contradecir a algunas personas con experiencia, o con peso.

Y aunque no es una regla, hay muchas personas que no hablan delante de mucha gente, porque qué vergüenza, o que dicen para qué, si tampoco pasa nada si no aportas tu opinión.

Y hay muchos a quienes no les parece importante hablar, porque ya hablan los de siempre.

Y dar voz a todo el mundo es imprescindible si queremos dar a cada persona la seguridad que necesita para que los equipos sean equipos de verdad.



(cosas que uno piensa releyendo "Cuando las arañas tejen juntas pueden atar a un león", de Daniel Coyle,  en Conecta, Barcelona 2018)

Lo que importa en un equipo. Y lo que no.

Una vez, siendo director de un colegio, reuní a cuatro personas inteligentes, trabajadoras, con experiencia y con un cariño especial por el proyecto educativo del centro. Les pedí que se constituyeran en equipo y que rindieran como tal.

Fue un fracaso, o al menos, yo así lo viví.

Y ahora, después de leer a Daniel Coyle ("Cuando las arañas tejen juntas, pueden atar a un león, editado por Conecta en Barcelona, en 2018) voy entendiendo la razón de aquel desastre. Dice que solemos creer que el rendimiento del grupo depende de la inteligencia, la destreza y la experiencia. Pero no es así. Las habilidades personales no son lo que cuenta. Lo importante es la interacción. La "química". Que se alimenta de comportamientos sencillos, como el diálogo constante, la escucha activa, el humor y los detalles amables, que hacen que las personas se sientan seguras y confiadas.

Y de detalles de aquellos, había pocos.

Y, claro, sin seguridad, no hay equipo.

Ni nada.

El primer día

El primer día de una persona en su nuevo trabajo suele venir precedido de una noche sin dormir y de muchos nervios en el camino. Nunca se sabe.

- Soy el nuevo.

Dije a la persona que atendía el teléfono en Recepción el 1 de septiembre del año en el que entré al Colegio. Los unos de septiembre en los Colegios son unos días imposibles, así que me dedicó el tiempo justo de acompañarme a un recibidor.  Tenía que seguir atendiendo el teléfono. La directora me dedicó unos minutos, y después pasé la mañana buscándome la vida.

Cada uno tenemos nuestra historia, pero las de los maestros los unos de septiembre suele parecerse a esta.



Podría ser diferente. Y sería mejor.

Daniel Coyne ("Cuando las arañas tejen juntas pueden atar a un león", Conecta, Barcelona 2018, pag.191) lo ilustra con este ejemplo de alguien a quien contrata Pixar, sea como director, como camarero en la cafetería o para trabajar en administración:

"el primer día se hace pasar a esa persona y a algunos otros novat…

Mimarnos

Llevo años pidiendo a los profesores que no confundan el Claustro con la cuadrilla de amigos. Y también, que es necesario tener un amigo, o una amiga, entre los compañeros de trabajo.

Nos sobran malas leches y nos faltan conversaciones, a los profesionales, en las escuelas. ¿Para qué tenemos máquinas de café, en las salas de profes, si no es para hablar, de lo nuestro?


Nos falta la costumbre de cuidarnos. Los unos a los otros. Que "aprender a mimarse entre humanos debería ser una asignatura obligatoria, especialmente entre los que se dedican a actividades de alto riesgo emocional, como la política". Es lo que dice Joan Coscubiela recordando a su grupo parlamentario, en la página 201 de "Empantanados", publicado en Peninsula (Barcelona 2018).

Y como la escuela, digo yo.