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Mostrando entradas de febrero, 2019

De fácil, nada.

Una vez, hace muchos años, fui testigo en Bilbao de un accidente. Y me tomó declaración un agente de la Policía Municipal. Profesional y amable.

Bilbao es muy pequeño, y a los pocos meses de aquello, cuando me cambié de asiento en San Mamés, me encontré con que ese agente tenía el suyo en la fila anterior, muy cerca de mí.

Estábamos en los noventa, y yo peleaba a mi manera contra el silencio en torno a "La Cosa" (así es como Iban Zaldua -"Como si todo hubiera pasado", Galaxia Gutenberg, Barcelona 2018- y sus amigos llaman al conflicto vasco). Echaba algunas horas en la Asociación Pro Derechos Humanos del País Vasco, que por entonces puso en marcha la campaña "ya no me callo". La iniciativa consistía en enviar masivamente a las sedes de Herri Batasuna tarjetas en las que aparecía escrita la frase "ya no me callo", pidiéndole que las enviara a la banda armada.

Del entorno de la izquierda abertzale salió la contra-campaña: "ya no me callo: gor…

Nos educaron unos enfermos

Estudié la EGB entre la Escuela Parroquial de San Vicente Mártir, en Bilbao, y los Salesianos de Deusto. La mitad en un sitio y la otra mitad en el otro. Entre septiembre de 1970 y junio de 1978.

Muchos de los que me educaron eran unos enfermos.

Me dieron hostias como panes. Aunque muchas menos que a mis compañeros que iban mal en los estudios, o que no estudiaban.

Golpear no formaba parte de las rutinas diarias. Golpear era el sistema que empleaban. Y quienes enseñaban y aprendían (?) allá, lo integraban. Aquellos, como necesario. Estos, como normal.

Luego blanqueé aquellas barbaridades. Para subrayar la tesis de que los padres y madres, ahora, protegen en exceso a los hijos, recurrí a aquello de que "antes, si venías diciendo que te había pegado el profesor, tu padre te pegaba otra vez". Siento vergüenza por la pobreza del argumento, por las veces que lo he utilizado y por las veces que lo he escuchado sin rebatirlo.

No sé si es verdad que olvidamos lo que nos hace daño re…

Hablando se entiende la gente, aunque no siempre

Decimos muchas veces a los niños en la escuela que los problemas se arreglan hablando, y no a patadas. Lo hacemos porque creemos que "hablando se entiende la gente".

Pero esa es una verdad a medias. A veces, las palabras hacen que la gente se entienda, y otras veces, otras muchas veces, no. Todos los que trabajamos con personas sabemos de la dificultad de entendernos al hablar. Incluso después de que abandonen la sala las que van dispuestas a que el diálogo no avance un milímetro si no se les da la razón o las que van con la misión de que no se apruebe ni el acta de la reunión anterior.

Y por eso, porque hablar es un arte, y no todos lo dominamos, recurrimos en ocasiones a hombres y mujeres cuya competencia es la de facilitar el diálogo entre las demás personas. Ayudan a cuestionar creencias, incluida la creencia de que hablando se entiende la gente, a aparcar prejuicios, a crear complicidades, a ver puntos de encuentro...

Ellos sí son unos verdaderos artistas del hablar y e…