Muchas veces, delante de los problemas, nos asalta la sensación de que no podemos hacer nada.
Y no es verdad. Podemos ponerles nombre. Debemos ponerles nombre. Aún, como dice el libro de las evidencias, a riesgo de equivocarnos...
no conoces el nombre que tienes.
Llamar a las cosas por su nombre (como intentaba Rajoy, cuando nos explicaba la aspiración a la independencia de tantos catalanes y catalanas diciendo que un vaso es un vaso y un plato es un plato) es algo que se aprende en la escuela, siempre que los maestros y las maestras cumplan su deber de hablar con claridad.
Todos nuestros problemas, le dice Tarrou a Rieux, en un diálogo de La peste, provienen de nuestro fracaso a la hora de usar un lenguaje simple y claro.
Porque la escuela, entre otras tareas, tiene la de enseñar a hablar, de manera que sus maestros y sus maestras han de preparar las clases como lo que son, verdaderos actos de comunicación. Y eso empieza por hablar bien, por hablar diciendo, por hablar sin caer en lugares comunes, por hablar claro. En fin, por llamar a las cosas por su nombre: lo de Hamás en Israel el 7 de octubre, masacre, lo del gobierno de Israel en Gaza, genocidio.
Y así.
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