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Tener un buen maestro es un regalo de la vida

"Nunca olvidamos a quien nos enseña bien lo que es verdadero y bueno. Nos inicia en una forma de relación con lo sabido, para que sea parte constitutiva de quienes somos. Es cierto, se insiste, “hay que aprender a aprender”, pero no hemos de olvidar que hay que enseñar a aprender. Alguien ya dijo que enseñar es dejar aprender. Y ese dejar no es una pasividad, es una creación de posibilidades propias para cada cual, apropiadas.  En realidad, ello distingue al buen profesor, al buen educador. Tener un maestro, disfrutar de la dicha de un buen maestro es un regalo de la vida y hemos de reconocerlo con agradecimiento y con sencillez. Lo hemos necesitado y lo necesitamos"

Cuando leo a Gabilondo hablar de maestros, me doy cuenta de que fue un lujo desaprovechado tenerolo como Ministro de Educación. Qué pena. La que nos espera con Wert.

http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel/2012/02/la-necesidad-de-ensenar.html

Comentarios

  1. No sé si a vosotros que seguís este blog o tú Pedro que lo creas, habéis tenido la experiencia de un maestro o profesor único que os llegó profundamente.
    Yo lo que recuerdo es que conservo de cada maestro y profesor que he tenido en la escuela, en el Insti y en la Uni los aspectos peculiares y atractivos que tenía y con ellos tengo uno profesor virtual ideal con todas esas peculiaridades. A cada uno lo recuerdo con cariño por aquello que le definía y le hacía diferente, no consigo recordar "al maestro" estrella por reunirlo todo.
    Recuerdo a Doña Romana, maestra de Infantil que me hizo sentirme especial porque ya sabía leer para cuando entré en la escuela (fue mi aita quién me enseñó a hacerlo en casa antes de ir, fue mi primer y especial maestro y ahora que lo pienso no se lo agradecí nunca, espero que ahora lo esté sintiendo cuando ya no se lo puedo decir). Era amorosa y acogedora en su regazo, como necesitábamos al dejar la casa por la escuela. Una Puerto o una Loli tan queridas de nuestro Cole. Capaz de querernos y dejarnos un espacio de su acogida de forma personal para nuestro pequeño cuerpecito y alma cuando lo necesitábamos y sin provocar celos entre nosotros. Todos nos sentíamos bien es su clase. Recuerdo que se jubiló al final de ese curso yo tendría 6 años y resuena en mi mente aquel estribillo de la canción que me llegó al alma, que toda la escuela le cantamos con lágrimas en los ojos:
    “¡Se va, se va la maestra ¡¡¡¡se va!!! ¡¡¡se va!!!
    ¡¡ dejando a los polluelos a medio criar!!, ¡¡se va!!, ¡¡¡se va!!!”
    Igual sembró el germen de mi amor a la enseñanza y la importancia de la empatía y la sensibilidad.
    Luego parece ser que hubo unas cuantas maestras que seguro me llegaron y estarán en lo más profundo de mi ser, pero no en mi memoria.
    Doy un salto hasta los tres últimos años de la escuela: Dña. Esperanza, nos enseñó a coser y a hacer punto de cruz con amor. Hicimos en papel harina todo el ajuar de un bebé, todavía recuerdo pegando con cariño y habilidad los pliegues de aquella capota con lazos que combinaba con un maravilloso faldón largo que se sostenía de pie en la exposición que hicimos a final de curso. Una maestra que nos trasmitió hacer con cariño lo que mejor sabemos hacer, como nuestra Maite S.con su amor y cuidado por la naturaleza.
    Dña. Umbelina, todavía veo sus manos redondas cogiendo con amor la Enciclopedia en la que estaban todos los conocimientos y que nos los transmitía como si fuera la única vez que lo hacía por el entusiasmo que ponía en acercárnoslo, cuando lo que era real es que también se jubilaba ese año, lo que supimos al final de curso. Toda una vida dedicada a la enseñanza con tanta vocación que no hubo diferencia en entrega, entre sus primeros años y el último. Lolín, Carmen y Maribel, Rosa P., Pilarín y Pilar E. y Nuria me la recuerdan en el Colegio
    La profesora sustituta que vino para el último año, era enjuta, seria, escéptica y rigurosa, siento no recordar su nombre. No era joven e hizo contraste con las anteriores por metodología. Nos vino genial porque ya era el último curso y había que madurar para pasar al Insti, podía parecernos distante, pero era una gran profesional y nos apretó allí donde necesitábamos. Esperanza, Rosa B., Pilar A. y Carmen O. de L., Carmen M., Mariví y Maria Luisa han sido de su perfil en el Cole.

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  2. A los profesores del Instituto los recuerdo con ternura, pocos tenían nombre, era los de la asignatura correspondiente o por el mote; quizás ahora recuerdo todo lo bueno que saqué de cada uno de ellos porque entonces un poco de adolescencia sólo nos llevaba a ponernos de frente a sus formas de hacer.
    Dos de Matemáticas, Juan José Moreno (alias Gorilín, por lo feo que era) que no sé ni cómo recuerdo su nombre porque no lo usamos nunca. Aprendí a querer su materia porque él la quería y nos la hacía asequible, quedándose en el recreo a ayudarnos a entender. Pienso en Nuria. Su antagónico (Moñitos, por su calva siempre mediotapada por unos pocos pelos largos y pocos) que realmente se llamaba Armando Guerra y que hacía honor a su nombre porque temblábamos en su presencia desde el primer minuto hasta el último de clase por su falta de paciencia, su negatividad y su mal humor. A veces me veo en clase como él y luego reflexiono para intentar no hacerlo. De todos se aprende algo.
    Al profesor de Biología (Dn. Juan) ácrata hasta la médula con personalidad, tierno y mayor que nos dejaba copiar en los exámenes porque decía que ya tendríamos tiempo de aprender cosas a lo largo de la vida. Era amable y didáctico, el hombre tranquilo, como Pedro M. y su versión femenina en Carmen A., Maite, Mari y Otilia.
    Al profesor de Física y Química, el Dtor. Zúñiga en general pacífico, pero que montaba en cólera cuando no sabíamos algo obvio y como dábamos la clase en el Laboratorio un día nos recibió en clase dando martillazos a unos trozos de mármol mientras nos sentábamos sin saber si estábamos seguros en sus manos. Cuando nuestra estupefacción nos tenía inmovilizados y en un silencio sepulcral y los trozos de mármol no daban lugar a seguir haciéndolos más trozos…paró, con la respiración entrecortada por el esfuerzo, grito: “Esto es un fenómeno Físico y no Químico, ¡se enteran!” porque nos trataba de usted, y pudimos respirar tranquilos. Vehemencia, praxis y convicción, junto con algo de teatro que va tan bien en la enseñanza. Maite L., Carmen H., Patricia y Marijose se acercan a mi mente.
    La de Lengua siempre serena y muy correcta hablando, que descubrimos más cercana cuando la tuvimos de tutora. Paz, Marta, Magdalena son su imagen.
    El profesor de Filosofía, tan creído de su saber y descreído en fe, que nos hacía sentir de otra categoría siempre copiando lo que decía sin poder levantar la cabeza para mirarle y menospreciando nuestras preguntas lo que nos hacía sentir como viles gusanos. Luego supimos que tenía un único hijo con problemas psiquiátricos que le tenía obsesionado y frustrado. También me hizo pensar que los profesores tenemos otra vida que no es la enseñanza y que muchas veces influye tanto en lo que hacemos o dejamos de hacer en ella. Somos humanos y no siempre podemos ser súperwoman o súperman, como se nos exige.
    La profesora de Inglés a la que nunca oímos hablan en ese idioma y que su clase consistía en aprender y recitar los textos que venían en el libro, por lo que yo pensaba que no existía gramática inglesa. La profesora de Geografía tan fina, educada, sonriente que no sé cómo conseguía no levantar la voz nunca y a la vez lograba que tampoco lo hiciéramos nosotros. Débora en nuestro Cole. Y el profesor de Religión, Vitoria, que nos hizo valorar siempre la importancia de pensar, argumentar, darle vueltas a las cosas, entender y hacer de la fe algo estudiado, sentido, contrastado, vivido, en evolución con la Historia en general y con la historia personal. Miguel lo recuerda en algunos de los aspectos.
    El profesor de Latín, el Dtor. Segura con el que disfrutábamos con las declinaciones y las traducciones de textos y la importancia del buen hablar y la valoración de los Clásicos. Aún le saludo con su maletín yendo a su despacho de la Universidad y eso que debe ser centenario lo que no le impide seguir dando a luz libros de texto. Al que la enseñanza no mata, parece que el tiempo tampoco lo consiga. Fátima, la madre Lourdes ocuparon ese lugar en el Colegio.

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  3. De los profesores de la Uni también recuerdo sus enseñanzas y formas de vivir y hacer. Pero la mayor impronta estaba ya fundamentada. Caía sobre sedimentos ya formados, normalmente confirmándolos.
    Ahora que me he puesto a pensar en todos los que han influido desde la docencia, ya sean profesores o compañeros de trabajo ya jubilados, siento que les debo muchas de mis formas de ser y pensar y les hago un cariñoso homenaje desde aquí, con el firme convencimiento de no haber encontrado al perfecto profesional y persona, sino a una gran colección de seres humanos que han sido grandes precisamente por ser humanos y por saber transmitir la cualidad que cada uno vivía con pasión.
    Seguro que he dejado sin mencionar a alguien no por su falta de importancia en lo que nos ocupa, sino por mi falta de memoria. Desde donde esté, que se dé por incluida en el papel transcendental que ocupó, estoy segura.

    ¡Un hurra! por haberse dedicado a la enseñanza no sólo como medio de ganarse la vida y por descarte; sino desde profundas convicciones de ser transmisores de vida, cada uno desde su mejor forma de hacerlo, valorando el rico producto que tenían en sus manos.

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