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Dos orejas y una boca

Llevo una temporada pensando que escuchar es más importante que hablar. Si atendemos al número de orejas y de bocas que tenemos las personas, el doble de importante.

Para llegar a esta conclusión he tenido que desaprender bastante. Durante el tiempo que fui director de la escuela, sentí como si la gente estuviera pendiente de lo que decía, y también tuve la sensación de que tenía algo que decir sobre cualquier asunto relacionado con el Colegio. Y hablé y escribí demasiado. Y de demasiadas cosas. Dos errores. No uno. Dos. Que se me pegaron al cuerpo y me acompañaron también cuando salía del Colegio.

Joserra Mandiola me recomendó un libro en el que he encontrado (gracias, Joserra!!) una razón por la que es más importante (el doble, hemos quedado) escuchar que hablar: "la exactitud de nuestras percepciones influye directamente sobre la sensibilidad de nuestras respuestas", dice Arthur Ciaramicoli en "El poder de la empatía" (Javier Vergara Ediciones, Buenos Aires, 2000).

A lo mejor doy tanto valor a este argumento porque creo que, por delante del rigor y de la precisión, a las palabras de los directores y de los maestros, e igual a las palabras de todas las personas, hay que pedirles sensibilidad.


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