Ir al contenido principal

Cuando es verdadera, a la voz humana no hay quien la pare

David Gaspar, @davidovichdavid en twitter, vino a León desde Zaragoza para llevarnos de viaje al interior de nosotros mismos.

No teníamos ni idea de por dónde se iba, porque la mayoría de nosotros no habíamos ido nunca. Nadie saca tiempo para esos viajes cuando tiene tanto que hacer.

Cuidó el silencio. Moduló la voz, ahora más alto, ahora bajito, ahora susurrando. Acompañó las palabras con el movimiento de sus manos, y como sabía que todos nos vamos detrás de las personas que cuentan historias, nos contó un cuento de Eduardo Galeano (¿por qué Eduardo Galeano no es de lectura habitual en la escuela? ¿puede un maestro ser maestro y no ser sensible? ¿puede un maestro sensible no leer a Galeano? -perdonad la digresión, son preguntas que me hago...). Decía Galeano que a la voz humana, cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por dónde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás perdonada o celebrada.

Me quedé pensando (muchas veces me despisto en medio de una charla) que de tanto querer guardar en secreto aquello que debe ser conocido, alguno acabará con una úlcera de estómago.


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Cosas pendientes de aprender para ser maestro: el silencio

Pasó a la historia el tiempo en el que el maestro se ganaba la autoridad con lo que sabía. De matemáticas o de lo que fuera.

Y ha llegado  el tiempo en el que maestro se gana la autoridad con lo que escucha. A las personas y a lo que hacen las personas.

El problema es que vamos tarde, porque la escuela, y la labor educativa en general, ha subestimado el valor de la escucha. O la ha juzgado irrelevante (algunos profesores se quejaban de que la escuela que yo dirigía "escuchaba demasiado" a los alumnos, o a los padres y madres).

Ahora toca aprender el silencio,  -el de Thomas Hood, aquel en el que ningún sonido puede ser, el mismo que interpretó Nyman en "El Piano"-. Toca aprender el "no saber" y el respeto al espacio del otro, sea niño, madre o compañero.

Yo aprendí a escuchar de mi padre, quien comprendía la autoridad de los espacios de silencio creados cuando escuchamos con todo el corazón puesto en prestar atención. Mi padre tenía una postura para escuch…

Nos educaron unos enfermos

Estudié la EGB entre la Escuela Parroquial de San Vicente Mártir, en Bilbao, y los Salesianos de Deusto. La mitad en un sitio y la otra mitad en el otro. Entre septiembre de 1970 y junio de 1978.

Muchos de los que me educaron eran unos enfermos.

Me dieron hostias como panes. Aunque muchas menos que a mis compañeros que iban mal en los estudios, o que no estudiaban.

Golpear no formaba parte de las rutinas diarias. Golpear era el sistema que empleaban. Y quienes enseñaban y aprendían (?) allá, lo integraban. Aquellos, como necesario. Estos, como normal.

Luego blanqueé aquellas barbaridades. Para subrayar la tesis de que los padres y madres, ahora, protegen en exceso a los hijos, recurrí a aquello de que "antes, si venías diciendo que te había pegado el profesor, tu padre te pegaba otra vez". Siento vergüenza por la pobreza del argumento, por las veces que lo he utilizado y por las veces que lo he escuchado sin rebatirlo.

No sé si es verdad que olvidamos lo que nos hace daño re…

Las creencias, o el mar congelado que tenemos dentro

Los profesores tienen que leer. Leer mucho. Miles de páginas al año. De libros y de revistas y de periódicos. Si quieren enseñar el mundo, claro. Si no, basta con que lean los exámenes de sus alumnos y los e-mails del correo interno del Colegio.

Yo animo a leer, a ser posible, páginas que contengan ideas diferentes a las de uno.

Primero, porque los profesores son los que tienen que enseñar a cuestionar las creencias, y conviene empezar por uno mismo.

Y segundo, para poder pensar. Pensar es eso tan saludable que retrasa el envejecimiento mental y a la vez te aleja de los extremos, donde habitan los que piensan poco, o piensan solo de lo suyo.

Steiner (Lenguaje y silencio: Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano, Barcelona, Gedisa, 2013) cita a Kafka: "si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera nec…