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Nuestras reuniones (2): escuchar.

Muchas veces, en las reuniones a las que voy, observo. Ya sé que está mal, que a las reuniones hay que ir a aportar, pero mi alma de antropólogo me puede con frecuencia.

El otro día me encontré en una reunión con una persona que esperaba su turno para hablar ensayando para sus adentros lo que iba a decir. Solo miraba al papel en el que tomaba notas. Y deduje que desde que levantó la mano para pedir la palabra hasta que el moderador se la dio no escuchó otra cosa que su propio dialogo interior.

Cuando tuvo la palabra respondió a algo que se había dicho como si hubiera estado escuchando, -"dices que...", empezó diciendo- pero en realidad, a mi me dio la impresión de que venia de casa sabiendo lo que el otro iba a decir y sabiendo lo que iba a contestar.

- Creo que no me has escuchado, contestó la persona aludida.

Date por jodido, pensé.

Y efectivamente, el otro saltó:

- ¿Cómo que no te he escuchado?!!

Y se lió (mejor contestar: - lo siento, he debido explicarme mal).

Estas son cosas que pasan por escuchar con media oreja. O con ninguna.

Los moderadores de las reuniones tendrían que utilizar su turno inicial de palabra para invitar a todos a escuchar. Para advertir de que la sensibilidad de cuanto respondamos dependerá de la exactitud de lo que percibamos.

Y de que sin escuchar no se puede percibir nada.


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