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Las creencias, o el mar congelado que tenemos dentro

Los profesores tienen que leer. Leer mucho. Miles de páginas al año. De libros y de revistas y de periódicos. Si quieren enseñar el mundo, claro. Si no, basta con que lean los exámenes de sus alumnos y los e-mails del correo interno del Colegio.

Yo animo a leer, a ser posible, páginas que contengan ideas diferentes a las de uno.

Primero, porque los profesores son los que tienen que enseñar a cuestionar las creencias, y conviene empezar por uno mismo.

Y segundo, para poder pensar. Pensar es eso tan saludable que retrasa el envejecimiento mental y a la vez te aleja de los extremos, donde habitan los que piensan poco, o piensan solo de lo suyo.

Steiner (Lenguaje y silencio: Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano, Barcelona, Gedisa, 2013) cita a Kafka: "si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero lo que debemos temer son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente [...]. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro".

He leído esa cita en la página 207 de "El eco de los disparos. Cultura y memoria de la violencia" (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2016). Las palabras de su autora, Edurne Portela han sido para mí ese pico de hielo en el mar congelado de mis creencias.





Y me dejan la tarea de seguir picando.

Aunque lleve años de retraso, imposible propósito mejor para el 2019 que empieza.




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