Los padres tenemos la obligación de ir haciéndonos irrelevantes para nuestros hijos e hijas, para que con nosotros solo tengan el deber de cariño, cuando nos hagamos inútiles.
Se empieza por liberarlos, como dice Daniel Innerarity, de nuestra presencia monopolística.
Por entrar en su cuarto con permiso, aunque el piso sea nuestro.
Por dejarle elegir amigos y amigas, la ropa que se va a poner y si se peina con raya o to palante.
Por cuestionar su testimonio delante del testimonio contrario del director del colegio.
Solo si hacemos todas esas pequeñas cosas, cada una en su momento, no se os ocurrirá llamar a los abogados cristianos, ni a los guerrilleros de Cristo Rey, que vienen siendo lo mismo, en distinta época, cuando os diga que, vencida ya su resistencia toda, decide pedir la eutanasia.
Agur, Noelia.
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