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La memoria

En Geografía, las cosas de las que mejor me acuerdo son aquellas en las que menos memoria he aplicado. Gracias a mi afición al fútbol y a coleccionar cromos recuerdo que Cieza está en Murcia (allí nació Camacho), que Mollerussa está en Lleida (llegaron a jugar en Segunda), que La Carolina está en Jaén (allá hay una peña del Athletic), que Alcázar de San Juan está en Ciudad Real (Manolo Delgado es un bilbaíno que nació allí, y que llegó a ser preparador físico de la selección española), que Andoain está en Gipuzkoa (allí nació Esnaola), que los mejores jugadores franceses, como Tresor, no habían nacido en la Francia continental sino en territorios que tenían que ver con ella, como Guadalupe (era su caso), Martinica o la Guayana Francesa, que Hamburgo (con Keegan fueron un equipazo) es el puerto más importante del norte de Europa, que Goteborg (hicieron historia ganando dos Copas de la UEFA) está en Suecia, que el Turín de Platini y el Milan de Capello representaban en Italia el norte poderoso e industrial y que el Napoli representaba el sur pobre y que nunca ganaba nada, que en la pequeña ciudad de Eindhoven (Holanda) estaba situada la Phillips, multinacional que patrocinaba al PSV campeón de Europa, y muchas cosas más.

El interés por saber de geografía venía del fútbol y el conocimiento venía de los mapas, que yo sacaba de la guantera del erre siete de mi padre, y también, algunas veces, de los libros de Sociales.

¿Por qué no hablamos más de fútbol en la escuela?

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Yo llevaba un año tomado notas y ordenando ideas para escribir un libro. Tendría que hablar de la escuela y la realidad. Partía de mi constatación de que muchas escuelas viven a espaldas de lo que pasa más allá de sus paredes. Y de que, en consecuencia, muchos alumnos viven la vida como sin interés por la vida.

Y resultó que el libro ya lo había escrito Catherine L´Ecuyer. Ese trabajo que me ahorro, pensé. A otra cosa.

A lo largo del libro nos lleva varias veces a Platón, que dijo que fácilmente podemos perdonar a un niño por tener miedo a la oscuridad; la tragedia verdadera de la vida se da cuando los hombres tienen miedo a la luz.

"Educar en la realidad" es no tener miedo a la luz.

Esto es, primero, educar desde lo que pasa a nuestro alrededor. Para poder acontecer. Y no ser solo espectadores de lo que acontece.

Segundo, educar poniendo a los niños delante de la belleza. Se sorprenderán. Y aprenderán.

Y tercero, educar con realismo. No pidiendo a los niños que hagan lo qu…

Lo innovador, maestros verdaderos

Suele decir Fernando González Lucini que la escuela está para humanizar. Y algunos piensan que vaya cosa, que uno se hace humano por el contacto con otros humanos, en casa y en la calle, en el equipo y en la pandilla, con los primos y con los amigos. Y que la escuela está para enseñar cosas. Ay!

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¿Fuera o dentro? ¿Dónde empieza el aprendizaje?

Tumbado en la cuna, con unos meses de edad, sus ojillos se movían inquietos de un lado a otro. Su madre, inclinada sobre él, le iba mostrando, una tras otra, láminas con dibujos a la vez que decía en voz alta y clara la palabra del objeto o del animal representado en la lámina: vaca, casa, caballo, coche... Y cuando se acababan las láminas, vuelta a empezar: vaca, casa, caballo, coche...

Estaba convencida de que recibir muchos estímulos externos - cuanto antes, y más, mejor - contribuiría a que el niño fuera más inteligente.

Estaba convencida, también, aunque no había pensado nunca en ello, de que el proceso de aprendizaje se iniciaba fuera de la persona.

Y no es así. Los niños llevan de serie un motor interno que les ayuda a descubrir so-los. ¿Sabéis cual es? El asombro.

(Lee a Catherine L´Ecuyer, "Educar en el asombro")