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El viento

En 2019, al terminar su viaje a Japón, los periodistas preguntaron al Papa Francisco qué podía aprender Occidente de los japoneses. Y el Papa contestó que, a lo mejor, podía aprender un poco de poesía.

Y obligué a mi memoria a rescatar algunos de los poemas que ella escondió en su caja de los tesoros. Me llevó hasta aquel de León Felipe.

Nadie fue ayer,

ni va hoy,

ni irá mañana

hacia Dios

por este mismo camino

que yo voy.

Para cada hombre guarda

un rayo nuevo de luz,

el sol,

y un camino virgen,

Dios.


Eso es educar: acompañar a los niños, a las niñas y a los adolescentes a encontrar el camino virgen que Dios guarda para cada uno y para cada una.

Y esto significa, primero, sacarles de su indiferencia, impedir que se forme en ellos y en ellas esa piel de elefante que tienen las personas a las que les da igual todo, arre que so. Y habrá que hacerlo quitando a la indiferencia la respiración asistida que le dan las pantallas y nuestra falta de atención.

Segundo, pertrechar sus cerebros contra los bulos y las mentiras. Ayudarles a construir el Artemis con el que subirán a la luna, o a donde sea, con lecturas y conocimientos. Con el orgullo de saber que sabemos enseñar. Y con la humildad de saber, también, que los niños saben más por niños que por sabios, y que, como leímos en La elegancia del erizo, huelen bajo la cáscara de las conveniencias la verdadera textura de la que están hechas las personas.

Y tercero, hablarles, también de Dios, en un lenguaje que entiendan. Un lenguaje vital, veraz, rebosante de tensión y de sentido. El lenguaje de la poesía, y de las historias. Contar, para que se detengan a mirar.

Y a la hora de escoger las palabras, no pidáis nunca a la IA que os diga cómo hablar a vuestra gente, porque solo llegan al corazón humano las palabras que salen de otro corazón humano.

 Mi intervención ante la Asamblea de las Hijas de la Caridad de la Provincia España Norte, en León, el 23 de mayo de 2026

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