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La obsesión por los barcos

La mayoría de las personas que conozco no navegan. Ni a motor, ni a vela ni a remo. Alguna vez se suben a un barco, pero están más pendientes del aperitivo que les sirven, o de no marearse, que de los aparejos, del rumbo o del viento. Sin embargo, muchas de esas personas, directores, entrenadores o presidentes, usan con profusión expresiones como "estamos todos en el mismo barco", o "tenemos que remar todos juntos" cuando se dirigen a las personas para pedirles implicación, compromiso o trabajo en equipo. No sé que fuerza esperan que tengan esas expresiones cuando llegan a oídos de personas que, también en su mayoría, no han cogido un remo en su vida. Yo desconecto. Si no saben motivar más que con efectos navales, es que no pueden liderar. Y además, normalmente, el argumento está mal traído. Porque no todo es remar más fuerte (esfuerzo personal) ni con el mismo ritmo o en la misma dirección (trabajo en equipo), sino de sentir. En el mar, la embarcació...

Las creencias, o el mar congelado que tenemos dentro

Los profesores tienen que leer. Leer mucho. Miles de páginas al año. De libros y de revistas y de periódicos. Si quieren enseñar el mundo, claro. Si no, basta con que lean los exámenes de sus alumnos y los e-mails del correo interno del Colegio. Yo animo a leer, a ser posible, páginas que contengan ideas diferentes a las de uno. Primero, porque los profesores son los que tienen que enseñar a cuestionar las creencias, y conviene empezar por uno mismo. Y segundo, para poder pensar. Pensar es eso tan saludable que retrasa el envejecimiento mental y a la vez te aleja de los extremos, donde habitan los que piensan poco, o piensan solo de lo suyo. Steiner (Lenguaje y silencio: Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano, Barcelona, Gedisa, 2013) cita a Kafka: "si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fu...

Vuelve la Filosofía

Oigo a todo el mundo felicitarse porque la Filosofía vuelve al curriculum  escolar en 4º de la ESO y en 2º de Bachillerato. También oigo felicitarse a los que la quitaron, qué cosas. La razón por la que están tan contentos, en cambio, es de una simpleza extrema. Tertulianos, opinadores y políticos dicen que no podía seguir en una situación marginal "la asignatura que enseña a los alumnos a pensar". Pensar es muy importante. En tiempos de pantallas que te roban el trabajo de pensar, más. Pero no hay asignaturas que te ayudan a pensar más que otras, sino profesores que enseñan a pensar y profesores que no. Por ejemplo, hay profesores que enseñan a repetir contenidos. De estos, algunos dicen que está mal la respuesta a una pregunta del examen porque no está dicho "como en el libro". Hay profesores que no tienen tiempo de enseñar a pensar porque tienen que acabar el programa. Y, lo peor, hay profesores que no enseñan a pensar porque ellos tampoco piensan, sobre...

have you ever seen the rain?

Algunas personas dicen que después de la tempestad viene la calma. Otras, que es al revés, que es la calma la que precede a la tempestad. Óscar, mi compañero en el departamento de Sociales, era de los segundos: - Qué bonito día hace hoy, le decía yo cuando entraba al despacho a las ocho de la mañana. - Sí, ya verás qué pronto entra uno por esta puerta y lo jode. En cualquier caso, esas dos maneras de referirse a las cosas buenas o malas que nos pasan apuntan a la sucesión cronológica, ahora lo bueno, luego lo malo. Para mí, las cosas nunca han sido así. Mis días, también mis días en el Colegio, o, mejor dicho, mis días, por el hecho de ser profesor, se parecen más a la lluvia en días de sol . Lo bueno y lo malo, todo junto. Y por ser así, lo que necesitamos para no mojarnos por sorpresa, o para mojarnos sin resfriarnos, sin perder la capacidad de disfrutar de la belleza incomparable de la luz del sol y el agua viviendo juntas, nos convierte en seres poderosos.

"Invisible", de Eloy Moreno

Terminé de leer el libro de Eloy Moreno -"Invisible", Nube de tinta, Barcelona 2018- y me puse a repasar algunas de las cosas que he dicho y escrito, repetidamente, hasta creer que eran verdad. He dicho que la escuela es un lugar de vida, con su recreo y sus cuentos. Con sus maestras sonrientes y con sus fiestas de navidad y de fin de curso. Pero la escuela es un lugar de muerte, también, para niños avispa como el de la novela. He dicho que miedo es lo último que deberían sentir niños y padres cuando entran por la puerta del cole, pero Eloy nos recuerda que no hay lugar para nada más que el miedo si eres un niño y tienes un universo en la espalda, hecho de moratones. He dicho que los maestros deben tener sensibilidad. Pero después de leer la novela creo que deben tener ojos en la espalda (además de mirar con los de delante, claro). Y si no pueden tener ojos en la espalda, o no saben cómo, que se tatúen un dragón.

Violadas o muertas

He empezado a ojear "Violadas o muertas", de Isabel Valdés, periodista de El País, en torno al caso de "la manada". Y cuando he vuelto a levantar la vista del libro, ya lo había terminado. Y ahora me quedan muchas preguntas para responder. Para no aburrir a nadie, propongo tres. ¿Por qué sigue habiendo, a estas alturas de la historia, personas que piensan que es mejor que los niños vayan a unas escuelas y las niñas a otras? ¿Por qué si la Justicia emana del pueblo (artículo 117.1 de la Constitución) las personas no entienden muchas sentencias de los jueces, ni después de que les expliquen todas las palabras raras y los giros extraños? ¿Por qué una parte tan importante de la realidad como es la Justicia y el Derecho está ausente de las clases, de los programas, y de las conversaciones de los maestros?

Cosas pendientes de aprender para ser maestro: el silencio

Pasó a la historia el tiempo en el que el maestro se ganaba la autoridad con lo que sabía. De matemáticas o de lo que fuera. Y ha llegado  el tiempo en el que maestro se gana la autoridad con lo que escucha. A las personas y a lo que hacen las personas. El problema es que vamos tarde, porque la escuela, y la labor educativa en general, ha subestimado el valor de la escucha. O la ha juzgado irrelevante (algunos profesores se quejaban de que la escuela que yo dirigía "escuchaba demasiado" a los alumnos, o a los padres y madres). Ahora toca aprender el silencio,  -el de Thomas Hood, aquel en el que ningún sonido puede ser, el mismo que interpretó Nyman en "El Piano" -. Toca aprender el "no saber" y el respeto al espacio del otro, sea niño, madre o compañero. Yo aprendí a escuchar de mi padre, quien comprendía la autoridad de los espacios de silencio creados cuando escuchamos con todo el corazón puesto en prestar atención. Mi padre tenía una postura pa...